¿Quién dijo que la distancia nos da siempre la razón? ¿O que si llegas a un cruce de carreteras, siempre tienes que elegir un camino?
Lo que sabía entonces era esto: no funcionaba cuando el corazón mandaba sobre la cabeza. No funcionaba cuando la cabeza mandaba sobre el corazón. Lo que significaba que… ¿Qué? Quizá no salía bien nunca. Sólo se salía del paso.
Y ésta puede ser la razón de que el amor siempre decepcione. Nos enamoramos pensando que el amor nos convertirá en personas enteras, que apuntalará nuestros cimientos, acabará con nuestra sensación de estar incompletos, nos dará la estabilidad que deseamos. Pero descubrimos que, por el contrario, es una experiencia terriblemente arriesgada. Porque está cargada de ambivalencia. Buscamos certezas en otra persona y descubrimos dudas, tanto en el objeto de nuestro amor como en nosotros mismos.
Tal vez, el truco consista en reconocer la ambivalencia fundamental que acecha tras cualquier clase de empeño humano. Porque en cuanto se reconoce, en cuanto se aprecia el carácter defectuoso de todas las cosas, se puede seguir adelante sin decepciones.
Hasta que te enamoras de nuevo, por supuesto.
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