miércoles, 1 de septiembre de 2010

^^

-Este último año he aprendido una regla básica de la vida.


-Ilumíname.

-Cada vez que crees que sabes lo que quieres, aparece alguien que cambia tu perspectiva por completo

-Algunos lo denominarían “tener una mentalidad abierta”

-Yo lo denominaría receta continua de infelicidad

-Bueno, a lo mejor algunas personas aparecen para ayudarte en lo que quieres

-Sin duda. El problema es: una vez hallado lo que quieres, ¿puedes aferrarte a ello? Y lo terrible es: le respuesta a esta pregunta se reduce a cosas como la suerte, el momento, una pizca de casualidad. Cosas sobre las que tenemos muy poco control

-Escucha a uno que ha comprometido del todo su vida: no tenemos ningún control sobre nada. Creemos que sí, pero la verdad es que la mayor parte de las grandes decisiones que tomamos en la vida no las pensamos lo suficiente. Las tomamos con demasiada rapidez, por instinto y, en general, por miedo. Sin darte cuenta, te hallas atrapado en una situación que no deseas para ti. Y te preguntas: “¿Cómo demonios he acabado así?”. Pero todos sabemos la respuesta: porque querías acabar así… aunque te pases el resto de tu vida negándolo

-O sea, que me está diciendo que nos metemos en la trampa solos

-Clarísimamente. ¿Conoces aquella cita de Voltaire: “El hombre nace libre, pero encadenado por todos lados”? Bueno, en la América de hoy, la mayor parte de las cadenas son autoimpuestas…, cortesía del matrimonio

-No pienso casarme nunca

-Eso lo he oído mil veces. Pero te casarás, créeme. Y seguramente sin pensártelo demasiado

-¿Cómo puede estar tan seguro?

-Porque es lo que pasa siempre

En aquel momento, consideré que él podía estar encadenado, pero en el fondo le gustaban las cadenas. Dos semanas después de Navidad me entere de que se había fugado con Jane, una compañera de trabajo. Muchos meses después de la brusca partida del seño Hunter, todavía oía su declaración. Yo no dejaba de preguntarme: ¿la decisión de cambiar su vida también la tomó con demasiada rapidez, por instinto y por miedo? ¿Quizá por miedo a hacerse mayor, a sentirse atrapado y a no escribir la novela que se había prometido escribir? No dejaba de recordar sus comentarios sobre cómo nadie reflexiona lo bastante sobre los grandes acontecimientos de su vida. Y me juré a mí misma: no cometer este error.

Más tarde conocí a un hombre llamad George Grey. Me pidió salir. Acepté. Lo pasamos bien. Volvió a pedírmelo. Volví a aceptar. Lo pasamos mucho mejor aun. Un mes después de conocernos, me propuso matrimonio.

¿Sopesé mi decisión? ¿Le pedí tiempo para reflexionar, pensar o meditar sobre las consecuencias de aquella petición tan importante?

Por supuesto que no. Dije que sí. Sin pensármelo dos veces

No hay comentarios:

Publicar un comentario