Te regalé un caracol el
día de tu cumpleaños.
Cuando izaste la bandera te
obsequié otro de color
perla.
Una tarde, cuando me di
cuenta de que estabas
triste,
te mandé con mi hermana un
caracol de las islas.
Hace algunos días, te dejé
una pareja de caracoles
de río,
en el interior de tu pupitre.
Ayer estuve en tu casa y te
llevé un caracol
transparente,
tan bello y extraño
que parecía hecho de aire
endurecido.
Sin embargo, tu madre se
enfureció conmigo
y gritó que jamás quería
volver a vernos
-ni a mí ni a los caracoles
que te regalo a cada rato-.
Ella no comprende
que yo,
simplemente,
estaba haciendo una escalera
de caracol
para llegar a ti.